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Crónicas de crímenes: Mecanismo de contragolpe

 

Una muerte, dos sospechosos, confusiones, pocas pruebas. Son todos condimentos de un nuevo relato del abogado Carlos Ríos, al que no le falta misterio. Todo rodeado por los delirios de un anciano y las miserias de su familia. Los nombres de los protagonistas son ficticios para preservar su identidad.

 

Había muchas personas en la calle y todas tuvieron la misma sensación de incredulidad cuando vieron a un hombre mayor que viajaba en el asiento del acompañante de una chata gris, abrir la puerta de ese vehículo en movimiento y bajarse. Los testigos coincidieron que al asentar sus pies en el piso y por el mismo movimiento de la pick up, el sujeto perdió estabilidad y dio varios tumbos, golpeando la cabeza tres veces contra el suelo. El conductor frenó a 30 metros del sitio de la caída; al ver que la gente concurría en auxilio del herido, siguió su marcha como si nada hubiera pasado. Era la media mañana del 1 de julio de 1997. Angelino Bontempo, productor agropecuario, comenzaba a escribir, de este modo, el último episodio de su tragedia personal. Falleció casi dos meses más tarde, el 27 de agosto, en una clínica de la ciudad de Córdoba. El protocolo de autopsia concluyó que el traumatismo craneoncefálico fue la causa eficiente del deceso y así quedó asentado en la partida de defunción. El caso fue caratulado como homicidio. Complejas relaciones familiares, rencores acumulados, intrigas entre hermanas, puja por la herencia, deudas pendientes, los desvaríos de una mente en estado crepuscular, un dictamen a ojo de buen cubero del legista y la sugestión del juez de instrucción, cimentaron una investigación cuyas conclusiones determinarían la participación de dos personas: Roberto Tarso, yerno de la víctima y Agustín Manzanelli, un ex empleado de Bontempo. El fiscal de Instrucción de Río Tercero los acusó ante la Cámara del Crimen como coautores responsables de esa muerte. Ambos aguardaron el juicio en prisión.

 

La reconstrucción de las circunstancias anteriores al evento logró establecer que Bontempo había concurrido, esa mañana temprano, a un taller en barrio Las Flores para retirar un tractor de su propiedad que había dejado en reparación. Según el mecánico, la idea del dueño era llevarlo al campo de inmediato. Advirtió que el señor estaba apurado y algo nervioso cuando partió raudamente con ese destino al que nunca llegó. El tractor apareció a unas pocas cuadras del taller. Lo encontraron a última hora de la tarde, después de una búsqueda incesante en la que participaron policías y parientes. Aparentemente se había quedado sin combustible y alguien había intentado purgarlo. Lo ocurrido en el ínterin es un misterio. Un niño que merodeaba por el lugar, le habría manifestado a una de las hijas de la víctima que vio a un hombre arreglando el tractor y que dos personas se acercaron y entablaron conversación con él. Luego subieron los tres a una camioneta y se retiraron. La mamá del nene negó tal cosa. Su hijo -sostuvo- estaba confundido. Un equipo de trabajadores que tendía un cable de televisión, también vio el tractor. Ninguno pudo dar precisiones sobre la presencia de personas junto al mismo. De modo que nadie podía figurarse cómo, cuándo y dónde Bontempo subió a la camioneta ni por qué. Tampoco se supo quién la manejaba. Ni siquiera estaban definidas con precisión las características del vehículo cuya chapa patente no fue apuntada por quienes presenciaron el sorprendente fenómeno. La policía, por su parte, no encontraba una teoría razonable para explicar lo sucedido. ¿Se tiró o lo tiraron? Para resolver el enigma era necesario esperar la declaración de la propia víctima. Ésta, por su estado de salud, no parecía estar en condiciones de prestar un testimonio confiable. Tenía una fractura en el hueso occipital izquierdo, seguramente con compromiso cerebral. El diagnóstico fue evidente desde el principio, cuando el servicio de emergencia la depositó en el hospital zonal. Al ingresar estaba en shock y deliraba. El Dr. Rafael Garzón, médico que prestó grandes servicios como forense en nuestra sede, fue comisionado por el Juzgado para hacer un seguimiento neurológico de Bontempo con el objeto de dictaminar en qué momento podía declarar. Tuvo con el paciente varias entrevistas y en todas advirtió que padecía amnesias parciales, desorientación temporo espacial y actitudes agresivas. Elaboró dos informes concluyentes durante el mes de julio: ningún interrogatorio podía llevarse a cabo hasta tanto no mostrara signos de mejora.

 

Pero al revés de lo esperado, el estado físico y mental del pobre hombre se fue agravando con el transcurso de las semanas. Decían los familiares que en varias ocasiones hablaba haciendo referencia al hecho y -según ellos- parecía hacerlo con absoluta lucidez. Entonces contaba que Tarso y Manzanelli lo habían obligado a subir a la chata para llevarlo a un galpón donde lo golpearon. No refería los motivos. Profería insultos y amenazas hacia sus agresores. Hablaba con sus allegados de vez en cuando y no a todos les daba la misma versión. Entre lo que les decía a unos y a otros existían lagunas, contradicciones e incoherencias. Cualquier observador imparcial hubiera puesto en duda la veracidad de este relato, pero no quienes querían creer en él. Para la esposa y dos de las hijas era incuestionable la culpabilidad de estas personas. Las miserias familiares, posiblemente guardadas durante muchos años en el desván, salieron a luz con furia y se encarnizaron con el pariente odiado con enormes perjuicios a la investigación judicial.
Una pesquisa llevada a cabo en un tribunal o en una fiscalía tiene mucho que ver con la tarea de los historiadores porque pretende reconstruir el pasado con las evidencias del presente. Los vestigios de lo que alguna vez pasó llegan hasta nosotros en forma de documentos, rastros y elementos físicos que deben ser dispuestos en forma adecuada para reproducir una realidad probable y que soporte, además, el método de examen crítico. Éste consiste en someter cada hipótesis a un análisis exhaustivo de acuerdo con los principios de la lógica, la psicología y la experiencia común; contrastarla con las pruebas arrimadas a favor y en contra, observar las inconsistencias, corregir los errores y, llegado el caso, abandonar la idea inicial si ésta no puede ser racionalmente demostrada. Si jueces y fiscales aplicaran este método antes de imputar y detener a las personas, se darían cuenta de los equívocos, muchas veces groseros, que sus suposiciones contienen. Tendrían, de tal suerte, la posibilidad de renunciar a ellas a tiempo sin que provoquen los daños irreparables que los ciudadanos nos hemos acostumbrado a tolerar dócilmente. Pero la pereza y el apuro conspiran contra los buenos resultados. Es más fácil sortear el primer atajo ignorándolo que reconocer las inconsistencias de la historia. También es más económico acomodar el material probatorio a los propios deseos que procurar una revisión íntegra de la hipótesis incorrecta. Y así ocurrió con este sumario. Con los retazos de los relatos de la víctima conocidos de segunda mano, más los elementos recopilados por los funcionarios policiales, el Juez de Instrucción fue armando su propia versión de los hechos: Tarso y Manzanelli secuestraron a la víctima, la llevaron a un lugar desconocido, la golpearon fracturándole el cráneo hasta dejarla inconsciente y luego la trasladaron en la camioneta al sector donde la arrojaron como una bolsa de papas, a plena luz del día y en una calle populosa de la ciudad. Manzanelli tenía un utilitario de características similares a la que vieron los testigos y habría tenido alguna cuenta pendiente con el muerto. Se decía que éste le debía dinero por un trabajo; también que había mutuos resentimientos. Existían, pues, motivos para sospechar de él. Si bien no se había establecido ninguna relación entre ambos imputados, ni tampoco un interés común que los hiciera actuar confabulados y nadie había visto una tercera persona arriba de la pick up gris, Bontempo, en sus alucinaciones, apuntaba contra los dos. En consecuencia, había que meter presos a los dos.

 

Según lo entendía el juez, las lesiones mortales no fueron la consecuencia de la caída del vehículo, sino de los golpes en la cabeza que los imputados le habrían propinado con anterioridad cuando lo tuvieron secuestrado, aunque no se supiera dónde. Para corroborar esa tesis -que descartaba lo accidental por lo doloso- el magistrado solicitó al médico legista una ampliación de la autopsia en la que éste explicó el mecanismo de producción de la lesión en dos tiempos. El primero fue la rotura del hueso por un elemento romo y superficie plana. El segundo, la herida en el cerebro por contragolpe. Éste es un tipo de daño que se origina cuando la masa encefálica choca con el polo opuesto al sitio del impacto, provocando contusiones y hemorragias que pueden causar la muerte. Al declarar como testigo, el doctor dijo que el golpe primario no se produjo por una trompada, sino por la acción de alguna herramienta metálica. Descartó la caída como causa puesto que, según tenía por cierto, el hombre había caído seco de espalda. En función de estos detalles el juez concluyó que Bontempo fue golpeado con una tenaza en el galpón, subido a la camioneta y luego tirado de la misma en estado de inconsciencia. Lo curioso es que nadie en el Juzgado de Instrucción, le contó al perito que media ciudad vio cuando el hombre intentó bajarse del vehículo y perdió el equilibrio pegando su cabeza tres veces contra el suelo. Frente a esta evidencia tan elocuente, quedaba claro cómo se había golpeado. Por lo tanto, ninguna otra conjetura sobre herramientas y tenazas podía ser válida.

 

Fue el fiscal de Cámara, el Dr. Moisés Yona, quien puso las cosas en su lugar. A diferencia de lo que normalmente se piensa, un fiscal no siempre debe acusar, sino hacerlo solamente cuando las pruebas permiten sostener un juicio de culpabilidad al margen de toda duda razonable. El fiscal es, en primer término, un custodio de la Constitución y la ley. Claramente estaría faltando a su mandato si prohijara la condena de personas inocentes. He visto a fiscales mantener a capa y espada acusaciones absurdas, sólo por no comprender cuál es su verdadero rol. Yona lo tenía bien claro. Su convencimiento, lo que él creía, no importaba; sólo contaba la prueba. Los defensores sosteníamos la inocencia de nuestros defendidos, pero en mi caso, a Manzanelli lo involucraba su camioneta, similar a la que intervino en el triste suceso. Su situación era por esta razón la más vulnerable y no era para mí indiferente la forma en que la víctima se había golpeado: si quiso bajarse o la tiraron media inconsciente.

 

En el juicio brindó su testimonio el Dr. Rafael Garzón quien, a pedido del fiscal, contó una anécdota de sus tiempos de estudiante: él mismo había visto perder el equilibrio y rodar como Bontempo a viajeros que se trasladaban parados en el estribo de los tranvías y pretendían descender con el coche en movimiento: o se quebraban el cuello o se partían la cabeza. Seguidamente depuso el forense, el mismo que dio espacio a las elucubraciones del ataque con una herramienta. Cuando el fiscal le refirió cómo había sido el porrazo en la calle admitió, honestamente, que él no conocía nada del expediente y que lo dicho en oportunidad de aclarar su dictamen ante el Juez de Instrucción, lo fue en un marco puramente conjetural y respondiendo a preguntas del juzgado; pero ignorando las circunstancias del accidente. Sabiendo ahora lo que había sucedido en realidad, podía aseverar que el traumatismo y el mecanismo de contragolpe en el encéfalo, era el resultado lógico de haberse bajado el hombre con la camioneta en movimiento, rodando y pegando con su cabeza contra el suelo repetidas veces. Excluido de la escena el secuestro y concurriendo la posibilidad cierta de que la víctima haya querido bajarse de un vehículo indefinido, sin conocerse las razones de su extraña conducta, toda la acusación se derrumbó. El Tribunal, integrado por José Luis Clemente, Juan Carlos Benedetti y Omar Borgna, afirmó que ninguna prueba se incorporó al debate para acreditar que cualquiera de los imputados hubiera tenido contacto con el hombre que arreglaba el tractor, ni que la chata de la cual cayó hubiera sido de alguno de ellos. Sólo quedaban los delirios del muerto. Tarso y Manzanelli fueron absueltos con justicia.