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Crónicas de crímenes: Venganza feroz

 

Una niña atrapada entre sus padres, rehén de una separación conflictiva. Un acusado de abuso producto de esa situación. En este nuevo relato, el abogado Carlos Ríos nos traslada hasta la provincia de Buenos Aires para asistir a la historia de un caso en el que la venganza no tuvo límites.

 

La niña de 11 años ingresó a la sala de la mano de una oficial que la acompañó hasta la silla frente al estrado. Se la notaba vacilante, pero no asustada. Estaba muy abrigada para cubrirse del frío. Promediaba el mes de junio y un viento helado corría por la pampa confirmando el rigor de ese invierno que había traído consigo la gripe aviar. Por eso la nena llevaba un barbijo que le cubría la boca y la nariz, quedando los ojos negros como única expresión de su rostro. Los dirigía hacia uno y otro lado del recinto buscando identificar rápidamente a las personas que allí se encontraban. A su derecha vio a su madre con el abogado que varias veces habían visitado juntas y otro señor que acaba de conocer esa mañana al que todos llamaban fiscal. Al frente, tres personas: dos mujeres y un hombre. Según le dijeron, eran los jueces. A su izquierda, un señor al que jamás había visto. Pero a su padre no lo vio. Creía que estaría allí, en el lugar de los acusados, como le habían dicho. Pero previamente el tribunal dispuso alejarlo de la sala, alojándolo en otra contigua desde la cual el hombre podía seguir la declaración de su hija sin ser visto. Se sintió aliviada con la ausencia. El presidente le explicó el motivo de su concurrencia y trató de infundirle tranquilidad. El interrogatorio comenzó, como es de estilo, con las preguntas de la fiscalía. Sus respuestas tenían siempre el mismo contenido: “Mi papá abusó de mí desde que tengo seis años; cuando me llevaba a manejar y me ponía en su falda yo sentía algo duro; en mi casa me manoseaba”. En vano era tratar de inquirir de la pequeña víctima detalles de la relación familiar e, incluso, sobre las modalidades de los abusos, pues la nena repetía una y otra vez la frase, como un latiguillo aprendido de memoria. Obviamente que nadie, por pudor, se animaba a preguntarle en qué consistían esos “manoseos”, por lo que la incómoda pregunta tuvo que hacerla el defensor. La criatura miró para el lado de su madre que hizo un gesto de aprobación. Entonces respondió moviendo brazos y manos dando a entender que su padre le tocaba el cuerpo, aunque no los genitales. Era morir de pena ver a esa chiquilla, frágil y tímida, en esa posición tremenda. Cualquiera podía ver en ella a su propia hija, por lo que ninguno de los presentes quería prolongar más su tortura. Detrás de una puerta el padre, Roberto Gallo, sentía destrozar su alma al escuchar, por boca del ser que más amaba en el mundo, la terrible acusación. Trataba de conciliar esa voz suave, que tanto extrañaba, con las palabras que oía. Por orden de la Justicia hacía dos años que no la veía. Por eso, había insistido él mismo en su propio juicio con la esperanza de aclarar todo y recuperar la relación. Ahora comprendía que esa ilusión se esfumaba. Por más que se demostrara la mentira y se lo absolviera, su paternidad estaba terminada.

 

San Nicolás de los Arroyos es una hermosa y antigua ciudad de la provincia de Buenos Aires emplazada a la vera del río Paraná que allí discurre ancho y majestuoso. Después de la batalla de Caseros en 1852, se firmó en este lugar el acuerdo fundacional para la Organización Nacional, antecedente inmediato de la Constitución Argentina. Urbanísticamente es un sitio agradable. Tiene una plaza histórica con un paseo peatonal por el cual se llega a la catedral que el año pasado sufrió un devastador incendio. A la vuelta, ocupando la manzana, se erige un austero inmueble de estilo renacentista. Un tipo de construcción muy común en los edificios públicos de comienzos del siglo XX. Es el Palacio de Justicia inaugurado en 1905. Allí se desarrolla nuestra historia.

 

Roberto Gallo y su compañera Graciela vivían en un pueblo del interior bonaerense. No estaban casados. Se juntaron a mediados de la década de los ’90 y tuvieron una hija: María. Habitaban la casa, además de ellos tres, un hijo mayor de Graciela y su madre. Ella se ganaba la vida ofreciendo terapias alternativas. Él ejercía la parasicología y tenía éxito en su profesión. Era itinerante y semanalmente visitaba los municipios vecinos donde tenía pacientes que atender. Era un tipo carismático, muy querido por la gente y, al parecer, tenía éxito con las mujeres. Seguramente su fama de seductor fue generando cotidianos reproches de parte de su señora que terminaron desgastando la relación de pareja. Las peleas fueron aumentando y, como es habitual en estos casos, la violencia verbal fue ganándole espacio al diálogo moderado y sensato. La casa se transformó en un campo de batalla donde Roberto había quedado en franca minoría. Sintió que no había más espacio para él. La mejor opción era separarse, aunque la esposa no quería. Pensó al principio que la cosa podía hacerse de manera civilizada, pero a poco de andar empezaron las complicaciones; primero con la cuota alimentaria y después con el régimen de visitas. El hombre retiraba a su hija dos veces por semana y la reintegraba al hogar durante el día, pero cada vez que lo hacía se armaban unos líos de antología. Intervenían la abuela y el hermano mayor de María. Se proferían injurias recíprocas de todo tipo y hasta hubo ataques físicos, escenas de pugilato entre Roberto y el muchacho que provocó la intervención obligada de vecinos para evitar consecuencias mayores. Gallo pensó entonces que sería conveniente dar intervención a la justicia para conseguir un régimen de visitas y pagar formalmente la cuota alimentaria. Contrató para tal fin a una abogada de la zona quien inició los trámites de rigor. Esta opción conmovió a Graciela. Tomando conciencia de que la separación era irreversible, intentó por todos los medios reanudar la convivencia y reestablecer la armonía conyugal. La negativa del marido la enfureció. Entonces le advirtió que las consecuencias de esa decisión las pagaría de por vida.

 

Roto definitivamente el puente de la concordia, el hombre fue denunciado por abuso. De la noche a la mañana aparecieron actitudes extrañas de la niña; en especial cuando regresaba del régimen de visitas con su papá. El neurólogo que la asistía sospechaba de conductas libidinosas del padre hacia la hija y todos los integrantes de la familia comenzaron a recordar que aquél se comportaba de manera demasiado efusiva en sus muestras de afecto hacia la menor cuando todavía vivía con ella. Como acontece en todos estos casos, la intervención de una psicóloga acabó por ratificar aquello de lo cual todos estaban convencidos. La nena contó que cuando el padre la llevaba a manejar, se sentaba en su falda y sentía algo duro. Los dibujos mostraban, con mucha elocuencia, una familia disfuncional; pero sistemáticamente fueron interpretados como secuelas de una sexualidad vulnerada. La denuncia se radicó en la fiscalía de San Nicolás. La imputación era poco seria por su imprecisión, vaguedad e incoherencia. No especificaba hechos concretos por lo que no podía establecerse en que consistían los ultrajes denunciados. Como la iniciación del proceso penal tuvo como consecuencia la prohibición de contacto entre padre e hija, Roberto puso especial empeño en demostrar que dicho proceso no era más que un medio de su ex para vengarse por haberla abandonado. Las circunstancias del caso avalaban esta postura defensiva. El imputado llevó como testigo al vecindario casi entero que durante años pudo ver la fresca relación entre padre e hija y la dedicación absoluta del hombre haciéndose cargo del cuidado y educación de la menor quien mostraba afecto y apego con su progenitor. Muchas personas refirieron los maltratos de los cuales era objeto diariamente por parte de la esposa y hasta las amenazas que le escucharon proferir a ésta con motivo de la separación. La nena, por su parte, hablaba de “abusos” pero sin referir actos que pudieran tipificarse por la ley como tal. Sin embargo, la fiscalía lo acusó y elevó la causa a juicio.

 

En esta instancia el Dr. Daniel Spiropulos, abogado de Gallo, me convocó a colaborar con él en la defensa del imputado. Resultaba incomprensible que una acusación tan endeble hubiera superado la etapa de la investigación. Pero allí estaba el hombre convertido, por arte de birlibirloque, de padre ejemplar en pedófilo incestuoso. El proceso oral se desarrolló en un solo día. Comenzó temprano en la mañana y terminó bien avanzada la noche. Se escuchó a los testigos de cargo, a la denunciante y sus allegados quienes hicieron todo tipo de acusaciones en contra de Roberto. Lo curioso es que los “manoseos” iniciales fueron adquiriendo, a lo largo del juicio, formas cada vez más repugnantes hasta configurar abusos gravemente ultrajantes. Cuando llegó el momento de escuchar a los testigos de la defensa el fiscal, insólitamente, los desistió, por lo que el Tribunal decidió prescindir de ellos, pese a nuestras protestas e impugnaciones. Se dispuso alegar ese mismo día. La gente que había asistido al juicio para declarar sin poder hacerlo, colmó la sala con su presencia para escuchar las conclusiones de las partes. Esa gente confiaba en la inocencia del acusado y quería acompañarlo en ese momento crucial. Finalizadas las exposiciones, los jueces pasaron a un cuarto intermedio de una semana para dictar sentencia. Salimos caminando con Gallo hacia la plaza. No estábamos tranquilos. Ambos advertimos cierta hostilidad y falta de imparcialidad en quienes debían juzgarlo. Una semana después, concurrió a la audiencia donde dictarían su sentencia: culpable. Escuchó aterrado que los próximos cinco años de su vida los pasaría en prisión. Y la pena empezaría a cumplirse a partir de ese momento. Había llegado libre a la sala y se retiró de allí con las esposas puestas. Lo llevaron a un calabozo de mala muerte en Villa Ramallo donde lo visité tratando de llevarle algún consuelo. ¿Qué hacer? Si esta situación sucediera en Córdoba el condenado no tendría más opción que esperar el resultado de un recurso de casación que puede durar hasta dos años. Pero en la provincia de Buenos Aires existe la posibilidad de plantear un hábeas corpus contra las detenciones arbitrarias; aun cuando éstas fueren dispuestas por sentencia judicial y obtener la libertad hasta tanto recaiga sentencia definitiva. Se trata de un recurso extremo y difícil, pero había que intentarlo.

 

Con la inestimable ayuda del Dr. Hugo Lima -prestigioso abogado de San Nicolás- hicimos el planteo. La detención de Gallo era de una arbitrariedad manifiesta porque el hombre jamás se sustrajo a sus obligaciones procesales, concurriendo cuantas veces fue citado a comparecer. Los motivos que daba el Tribunal Oral para privarlo de su libertad no eran razonables y así lo juzgó la Cámara de Apelaciones que en menos de una semana dispuso que el hombre la recuperara. Esta resolución nos permitía recurrir en casación con mayor tranquilidad y margen de maniobra, lo que así hicimos.

 

El recurso quedó radicado en la Sala III del Tribunal de Casación Penal en La Plata. Los jueces advirtieron con claridad las contradicciones e incoherencias en las que incurrió el Tribunal Oral al suscribir un relato que no podía ser sustentado en ninguna prueba, porque incluso los dichos de la menor no daban crédito en tal sentido: de los mismos no surgía una conducta de contenido sexual que pudiera dar lugar a un delito. Los jueces valoraron las circunstancias anteriores a la denuncia y concluyeron que el comportamiento de la niña se enmarcaba en ese conflicto parental habiendo quedado como rehén de la disputa entre sus progenitores. La manipulación materna resultaba evidente para concretar una venganza feroz. Fue absuelto, pero hasta el día de hoy Gallo, después de muchos años, no ha vuelto a encontrarse con su hija.