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AÑO XXIX - N° 2454
01 de Septiembre de 2010

Libro virtual

Héctor Libertella
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Lecturas: Preguntas sobre la literatura argentina alrededor de "El árbol de Saussure" de Héctor Libertella

Una escritura en el desierto

"La literatura es el eco de un sonido

que todavía no se produjo“

W. Hassler

¿Qué extraña operación reconoce la escritura argentina para nacer, para inventarse como signo, en el desierto hasta ese entonces insignificante de Fierros, Facundos y cautivas, llegar al esplendor del signo en los escritos de Arlt, Borges, Bioy, Cortázar, Di Benedetto, Rivera, Gelman, para terminar en el vaciamiento del signo -otra vez el desierto- de Libertella, de Saer, de Macedonio (siempre en el futuro)?

En “El árbol de Saussure“, Héctor Libertella (1) propone un cruce en esa operatoria extraña y extrema: narrar, desde la forma del relato, una historia en la que el signo se vacía y nos vacía de sentido; una utopía -como la subtitula- cuya audacia mayor no es la imaginación que sobrevuela ni el saber teórico que subyace sino la condensación de esas dos líneas en el referente que inquieta: esa historia nos dice, es nuestra, esos signos vacíos conviven con nosotros, ese extravío simbólico nos pertenece. El epígrafe que preside el libro instala esa cuestión como la interrogación central del texto: “¿cómo asumir las cosas es ese mundo que tiende a la desaparición del signo?“ (W. Hassler)

En el lugar de la historia, un ghetto cuyo límite es el mismo mundo, el vaciamiento del signo provoca que un pescador tire la red sin intención de pescar y un arquitecto no construya edificios sino que mida vacíos. Es el revés del sentido, el hueco que está donde estaba el signo. En el centro de la plaza del ghetto un árbol con hojas llenas de sentido y salud cobija a los escritores. Es el árbol de Saussure, el célebre arbolito con el que el lingüista ginebrino explicaba la naturaleza dual del signo: el significante y el significado, hasta que Peirce, con su visión triádica del signo (que agregaba un interpretante) hizo estallar el noble arbolito hasta convertirlo en signo puro primero y signo solo después, vacío y único, como interrogación de un universo cada vez más lejos de los significados, cada vez más próximo a la multiplicación del significante: signo sobre signo, en carrera infinita.

En la literatura argentina, ese periplo semiótico también puede rastrearse: desde la construcción de una palabra literaria en Sarmiento y Hernández, pariendo entre el ensayo político, el folletín, la poesía y la novela hasta la ebullición del significante en “Nadie Nada Nunca“ de Saer, o en el vacío del signo en “El silenciero“ de Di Benedetto, en la negación del signo en “El Museo de la Novela de la Eterna“, de Macedonio. Esa larga comba, esa trayectoria disolutiva, esa construcción paradojal del vacío del signo, responde al planteo de Libertella cuando, tras describir a la red de comunicaciones actuales como una impalpable e instantánea mordaza, se pregunta: “¿cómo será el arte en esa aldea global atada? Invisible, silencioso... ¿y la literatura? Un fantasma ilegible“ Cierta producción argentina de los últimos años parece responder: un fantasma ilegible como Macedonio, una escritura que se construye como signo nuevo desde la disolución invisible del signo, como la de Saer, una mirada que socava y reconstruye la memoria histórica, como signo recién parido, en Andrés Rivera. Una palabra, en fin, necesariamente silenciosa e invisible detrás del aparatoso simulacro del mercado, esa inmensa red que Libertella llama “la aldea global atada“.

El grado cero

La imposibilidad de reconocer límites entre los géneros y la expansión del objeto literario aparecen aquí como dos fenómenos que abonan la disolución del signo que no es vacío sin signo sino signo del vacío, vaciamiento, en todo caso, deconstrucción de una tradición sígnica que reposó en el significado -Lugones, Quiroga, Arlt- por otra que allana todos los campos del significante -Macedonio, Borges, Piglia, Saer, Aira, Chejfec, Cohen-. Esa marcada imposibilidad es también umbral de una nueva posibilidad: en el borramiento continuo de los géneros aparece, como un pliegue novedoso y lúcido, la crítica, el tratado, el ensayo literario, la obsesión teórica o semiótica como producción creativa: Respiración artificial, El río sin orillas, El árbol de Saussure.-

La noción de grado cero de la escritura vuelve en el libro de Libertella pero resemantizada: el cero recupera el sentido etimológico del término: cero como cifra, como vacío de una escritura que construyó su sentido para después repensarlo desde la incerteza, desde el escamoteo de toda afirmación, desde la interrogación sobre su misma razón de ser, y desde esa interrogación escribe. En la experiencia crítico-narrativa de Saer aparece, más y mejor que en ningún otro escritor argentino contemporáneo, ese itinerario semiótico. En Saer, además, se vigorizan dos postulados claves de Adorno muy coherentes con esa experiencia: el ensayo como forma narrativa y la negatividad ante los dictados del mercado. Pero para llegar a ese punto, al límite saeriano, digamos, el recorrido del signo en la literatura argentina reconoce la trayectoria antes apuntada (desierto-esplendor-desierto) que Libertella, en “Las sagradas escrituras“ construye desde los libros que, dice, “vienen con los barcos“ para la Librería Argentina de Marcos Sastre: Sainte-Beuve, Vico, Montaigne, Dumas, Herder en 1837; Apollinaire, Max Jacob, Tzara, Marinetti... en 1910; Sartre, Camus, Freud, Barthes, Foucault, Lacan, Marx, Bajtin, Benjamin, Derrida... en 1960. Un desierto como construcción, un evidente esplendor y la deconstrucción de ese desierto en otro desierto nuevo, ausente y cóncavo. Dice Libertella: “como si la Argentina se mirara perpleja en el catálogo-espejo de sus lecturas“(2)

Textos e intertextos que convierten a los lectores en escritores y a éstos en nuevos lectores. Un país literario, una librería argentina que se verbaliza desde que Echeverría llega al puerto con algunos libros de Chateaubriand y escribe La Cautiva sobre las páginas vacías del “desierto inconmensurable“ hasta el viaje delirante (con el sentido vaciado de sentido) de Las nubes o El viajero, de Saer, de En esa época, de Bizzio, de Así todavía, de Andrés Rivera, en La liebre, de Aira, en la misma pampa desértica.

Ahora bien, las lecturas no son sólo las que traen los barcos. Tras la edificación de una literatura que inventa y se inventa en el desierto, la generación “del esplendor del signo“ es leída, y obsesivamente, por los deconstructores del signo. Es lo que advierte Pezzoni -leyendo a Macheray- en los relatos de Borges: “una fuerte marca ideológica, en el sentido de la negación absoluta de admitir sentidos últimos que puedan imponerse como verdaderos. En Borges está instalado ese sentido como producción constante e inacabada, o como dirían los derrideanos, como différence, en el doble sentido que tiene en el francés de Derrida: diferencia respecto de los sentidos congelados, previstos y en el sentido de la dilación, de lo que no cesa y no se atrapa nunca“(3) Pezzoni, que lee a Borges desde Macheray y Derrida, está leyendo también a Macedonio, que Borges leyó y escuchó mucho antes de la llegada de los barcos que venían con los libros de Derrida y Macheray al puerto de Buenos Aires. A los dos, a Macedonio y a Borges, los leen Saer y Piglia, entre otros muchos escritores, bajo la sombra del árbol de Saussure con la misma obsesión deconstructiva. ¿Debe leerse en Chejfec una continuidad saeriana, en Kociancich una marca distinta en esa serie? ¿debe leerse la escritura cerebral, sólida, casi diríamos clásica, de Guillermo Martínez como una vuelta a Borges sin tomar la autopista Saer? ¿qué atajo debe leerse en Jeanmaire, que retorna a Arlt o a Bioy escribiendo una prosa del siglo veintiuno? ¿en qué sitio se pierden los textos posmodernos de Fresán o de Forn, que desconfían de los signos de esa tradición y repiten guiños que se pierden en el vacío sin signos? ¿dónde y cómo leer a Fogwill, agazapado en los márgenes de cualquier signo para sorprender diciéndolos a todos a la vez?

¿Quién escribirá Ficciones en el nuevo siglo? ¿cómo se leerá ese texto en el desierto inconmensurable?

REFERENCIAS:

1) Libertella Héctor, El árbol de Saussure, Adriana Hidalgo, Bs As, 2000

2) Libertella Héctor, Las sagradas escrituras, Sudamericana, Bs As, 1993 p. 209

3) Pezzoni Enrique, Borges oral, Sudamericana, Bs As, 1996, leyendo a Macheray P., “Borges et le recit fictif“ en “Pour une theórie de le production littéraire“, 1966 - p. 277.-

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